Los chicos de la orquesta del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales, SINAMUNE, haciendo música bajo la dirección del Maestro Edgar Palacios. Todos son niños y jóvenes especiales que hacen música como terapia para sus problemas de discapacidad.
A tan sólo 17 km al norte de Quito se encuentra un volcán activo: el Pululahua. Éste volcán asustó hace más de 2000 años con su enorme potencial. Hoy, mucha gente se equivoca en creerlo extincto…
Vivir en la caldera de un volcán activo no es problema para los 120 habitantes de Pululahua. “La gente ignora del peligro potencial”, menciona Theofilos Toulkeridis, doctor en geología y geoquímica. Y así lo comprobamos al conversar con su gente. Jesús Mulminacho Alemán, nativo de Pululahua, dice que “nunca le ha temido al volcán”.
Lo que la gente desconoce es que el Pululahua se disputa el segundo puesto, con el volcán Soche, en la lista de los volcanes más peligrosos del Ecuador (en primer lugar está el Chalupas). Para tener una mejor idea, “sólo una explosión del Pululahua provocó la reducción de 1.5 ºC en la temperatura de un verano a otro”, cuenta Toulkeridis.
Una intrigante historia
Si viajamos por la panamericana hacia el norte a Otavalo, a la altura de Guayllabamba, podemos ver miles de capas en los cortes de la montaña. Cada una es una explosión del Pululahua u otro volcán cercano. La mayoría de depósitos de estos piroclastos se encuentran en la que fue la laguna de Guayllabamba.
Debido a la erupción del Pululahua, con un VEI (índice de explosividad volcánica) de 6.2, en el 400 AC., gran parte de la ceniza y piedra pómez eliminada se depositó en la enorme laguna de Guayllabamba. Tanto material cayó que la laguna rebasó su nivel y se abrió al costado, provocando una inundación catastrófica al norte. Esto se puede saber porque los depósitos que observamos en la carretera muestran haber estado bajo el agua.
Con un área de 19km2 y forma de herradura, la caldera se formó después de esa misma erupción. Se crearon así varios domos fuera y dentro de la caldera. Su población los llama cerros. Jesús, viendo hacia las empinadas paredes de la caldera y señalando a su alrededor, nombra a cada cerro: “Pondoña, Moncaquito, Pan de Azúcar, Cerro Chivo, Hospital, Sincholahua y Padre Rumi”.
El volcán en calma
“Los estudios calculan que el Pululahua erupciona cada 4000 años, pero esto es incierto ya que puede ser antes o después”, comenta Toulkeridis. Cada año se analizan los gases emitidos por el volcán, en especial el CO2. De la parte occidental del Pululahua salen enormes cantidades de éste gas que hasta ha matado a pequeños animales como conejos. La gente no vive ahí, pero es un buen sitio para que los científicos lo tengan monitoreado.
Sus atractivos
Además de vivir en el volcán, Jesús trabaja en la hostería “La Rinconada de Rolando Vera”, que desde hace 15 años es propiedad del corredor ecuatoriano Rolando Vera. En esta acogedora posada se puede pasar la noche, velados por el majestuoso Pululahua.
Como en la mayoría de comunidades, lo que cultivan y producen (papas, maiz, vegetales, leche, etc.) sus habitantes es para consumo propio. Además, viven rodeados de naturaleza pura ya que el cráter y las laderas del volcán son “La Reserva Geobotánica Pululahua”, única en Ecuador. Se pueden hacer caminatas, cabalgatas y ciclismo. Incluso se puede acampar y subir a los cerros.
Cómo llegar
Para ir al cráter se toma la autopista Manuel Córdova Galarza hasta la Mitad Del Mundo. Se continúa por la carretera hacia Calacalí y se toma el desvío a mano derecha hacia la Reserva Geobotánica Pululahua. El camino es estrecho y de tierra, por lo que se recomienda ir en carro alto y tener cuidado.
Para llegar al mirador se debe seguir la misma carretera hacia Calacalí, pero virar a mano derecha con anterioridad cuando se forma una “Y”. Los rótulos dirigirán al mirador del Pululahua. Desde allí se puede hacer una caminata para bajar al cráter.
Miles de personas vivimos en un país rodeado de fallas geológicas como resultado de terremotos pasados. La más importante está justo cruzando Quito. Una enorme falla transformal llamada Guayaquil – Caracas Mega Falla.
¿Estamos los ecuatorianos preparados para sobrellevar un desastre natural? Aproximadamente cada 100 años hay un terremoto fuerte en Quito. El último fue hace 149 años lo cual significa que el que viene será más intenso debido a la energía acumulada. La vulnerabilidad también aumenta ya que la gente, mientras más tiempo pasa, se preocupa menos y olvida más.
“El fenómeno aquí es la pérdida colectiva de la memoria”, dice Theofilos Toulkeridis, doctor en geología y geoquímica. “La gente simplemente olvida lo que ha ocurrido y por eso nunca aprende del pasado”. La historia y los desastres ocurridos se repiten porque la gente no sabe cómo se procede para sobrevivir a un terremoto.
Una encuesta, del centro de Geología, realizada a 3605 profesores y estudiantes de todo el país reveló que más del 50% cree que es poco probable que exista un terremoto de alta intensidad en un mediano a corto plazo en Quito o su ciudad. 54% piensen que los terremotos son poco probables o improbables. El 82.3% no está preparado para un sismo. 63% no sabe a donde ir en caso de una erupción volcánica o de inundaciones. 66% piensen que los tsunamis son poco probables o improbables en las costas ecuatorianas.
Debemos tomar en cuenta que los tsunamis sí han existido en Ecuador y pueden darse en cualquier momento. Desde 1808 hasta 1979 se han registrado 11 de ellos. Además, un tsunami fuerte (8.8 en a escala de richter) ha cobrado 500 víctimas en 1906. En el siglo pasado los terremotos han acabado con la vida de 11,000 personas y los deslizamientos (que algunos pueden ser fruto de un movimiento telúrico) con 23,000 más.
Quito en la falla
Lo que afectará a Quito no son los volcanes, sino los terremotos ya que sus efectos secundarios (deslizamientos, inundaciones, techos y edificios colapsados, tsunamis, etc.) matarán a la gente. En el caso de la falla transformal, su movimiento es en la superficie y no da tiempo para reaccionar. Cuando la onda es profunda, entre la primera y la segunda se puede hacer algo.
Puede ser que el epicentro no esté en Quito, pero la ciudad se afecta debido a la inestabilidad de su suelo. Éste no está basado en rocas sino en ceniza, piroclastos y otros materiales que son muy suaves. Por lo tanto, cuando hay un temblor el suelo se mantiene en movimiento y así se destruye todo.
Los edificios en la ciudad no son sismo-resistentes. Un estudio realizado en el 2004 develó que menos del 0.2% de los edificios son aptos para aguantar un terremoto. Por lo que es importante trabajar en la prevención.
¿Cómo ayudar a la gente? ¿Qué hago?
Muchas personas no sabrían qué hacer en el caso de un terremoto. Vanesa Salazar, estudiante de la Universidad San Francisco de Quito, comenta que “las personas deberían concienciar sobre la ignorancia que existe en el caso de que se de un terremoto”.
El momento del movimiento se debe buscar algo seguro para protegerse y después salir a un lugar abierto. No se debe poner debajo de las mesas porque si el techo colapsa, la mesa también y las personas debajo se aplastan. Mejor es botar la mesa o una silla y crear el “triángulo de la supervivencia”. Debajo de las puertas no es seguro porque son solamente de decoración (frágiles).
Realización de simulacros
En el edificio de las Naciones Unidas se han realizado varios simulacros. “Todavía no logramos que el ejercicio salga excelente” comenta Martha Llanos, responsable de la seguridad en las Naciones Unidas. “Siempre va a haber error. Lo importante es que vayamos regulando, organizando y eliminando eso”. Es un trabajo de días, semanas y meses, pero con unión se puede lograr que la gente tome consciencia de los que puede pasar y lo que debe hacer.
El día 12 de Noviembre se realizó un simulacro en la Universidad San Francisco de Quito. “No se alejaban de las ventanas” dice Pablo Quiñones, estudiante de la institución. Además, comenta que durante el simulacro hubo varios comentarios de que “es una pérdida de tiempo” y “esto no sirve”. La gente da poca importancia porque no sabe la verdadera magnitud de lo que podría pasar. “Por eso se debe preparar y alertar a la gente”, comenta Toulkeridis.
“Me pareció que fue un simulacro al cual no se le tomó en serio” dice Salazar. “Pienso que nadie se da cuenta que en cualquier momento se puede dar un terremoto, y si se diera, nadie sabría cómo actuar ante eso”. Algunos profesores no quisieron salir de las aulas para no perder tiempo de la clase. “Incluso el profesor estaba haciendo broma y decía que para qué hacen esto” comenta Alejandro López, estudiante de la USFQ.
“Es penoso saber que la gente se burla de algo tan serio” dice Salazar. Muchos incluso sabían que lo hacían mal al tomar el simulacro con poca responsabilidad. Coral Salomón, estudiante de intercambio en la USFQ, cuenta que la gente comentaban “ya estaríamos muertos”. “Lo cual es verdad” acentúa.
No todo fue negativo. Algunos profesores guiaron bien a sus alumnos y les dieron consejos de qué hacer en una emergencia. “Varias personas colocaron libros o sus manos en sus cabezas mientras salían y algunos profesores dijeron que se hiciera esto”, anota Salomón. “Había un profesor afuera indicando a los estudiantes a dónde ir” recuerda, “eso estuvo muy bien”.
Cuidando día a día a la población quiteña, Hugo Yuccha vigila al volcán Pichincha. Vive, literalmente, rodeado de peligro.
A 4,555 metros de altura vive un hombre de 48 años de edad, no muy alto, moreno y humilde. Se hospeda en el refugio de un volcán activo: el Pichincha. Día a día, su deber es monitorear el comportamiento de éste coloso famoso por sus erupciones repentinas.
Hugo Yuccha lleva 24 años trabajando con el volcán. “Conozco el cráter como la palma de mi mano” confia con una sonrisa. A las 7:30 a.m. ya se encuentra a 4,782 metros, en la cumbre, observando el estado del volcán. Debe mirar las fumarolas, su altura, si han incrementado, el olor a azufre… Anota todo en un libro de registro diario, siempre de mañana ya que en la tarde la neblina no deja ver nada.
“Sí ayudo al instituto geofísico”, comenta. “Uno les colabora llevando el material que necesitan”. Los sismógrafos pueden fallar y necesita limpiar el hielo de los paneles solares para que carguen. “Es bastante sacrificado aquí” reconoce.Ubicada en la zona de Toaza Grande, una estación sísmica en particular es de difícil acceso. Toca salir a las 6:00 a.m. y estar de vuelta a las 5:00 p.m. También hay otra que la llaman estación Pino “está frente al Cotacachi y toca bordear todo” apunta, “son 2 horas bien caminado”.
El Instituto Geofísico recibe la información vía microonda por lo que los técnicos visitan el lugar cada 2 o 3 meses. Hugo tiene un radio para comunicarse directamente con la Defensa Civil y con el Instituto Geofísico. Si detecta algo extraño, los técnicos de la politécnica avisan para que Hugo suba a dar un informe detallado de lo que ve.
El guía turístico
Hugo es muy versátil y gentil. Le encanta atender bien a la gente. Los turistas pueden quedarse a dormir en el refugio. Hugo ayuda en lo que puede ¡hasta cocina! No cobra por la noche, pero pide una pequeña colaboración.
Todos los días, llegan uno o dos carros de turistas extranjeros y Hugo les guía. “Vayan para arriba, siempre con los 5 sentidos” aclara, al dirigirles hacía senderos que conoce a la perfección. 5 horas para bajar y subir del cráter, 3 horas y media para subir al Ruco Pichincha y 6 horas y media desde el teleférico hasta el refugio. Se debe caminar suave por la altura.
El amor a su familia
Hugo trabaja para la Defensa Civil. Hace jornadas de 15 días en el refugio y 15 de descanso. Cuando no está, lo releva su compañero Rodrigo.
Vigila el volcán desde los 24 años. Antes los turnos eran de 8 días. Cuando estaba en el refugio iba con su mujer. Pero la llegada de su primer hijo cambió las cosas y no la dejaba subir, por lo que pasaba él “con los visitantes”.
Ahora tiene cuatro hijos, dos mayores de edad y dos estudiando. Puede ver a su familia cada domingo en Lloa por breves horas. Trata de no descuidar a nadie, ni al volcán, ni a sus hijos.
Durante su descanso, Hugo pasa en Lloa de agricultor. Siembra papas, habas, maíz. Ayuda a sus vecinos y a su padre porque “como ya es mayor no avanza”.
Al borde de la muerte
En el año 92, bajaron dos técnicos de la Politécnica para estudiar el cráter. Pidieron a Hugo que les acompañe pero no quiso ya que días antes se había llevado un susto ahí. “Yo no bajo pero déjenme la radio para estar en contacto “, les dijo y cada media hora se comunicaban. Hugo decidió subir al cráter con un café cuando oyó un sonido. “Ya hubo una explosión”, pero no la veía. Al mediodía bajó la neblina y salío el vapor mezclado con ceniza. “Les llamé por la radio y ya no me contestaron nunca más”. La erupción les sorprendió dentro del cráter, los asfixió y rocas gigantes que cayeron les rompieron los huesos.
Nervios de acero
“No me asusta el volcán” expresa. Ha vivido tantos años junto a él que ya es normal oírlo y sentirlo. Desde el refugio no se oye nada antes de una explosión, pero al borde del cráter sí. “Las fumarolas suenan como olla de presión”. Agrega que sismos preceden a
las explosiones, pero que cesan cuando sale el vapor.
Una vez tomó fotografías de la formación de un pequeño “hongo” de ceniza. “Subí con mis dos perros y empezaron a ladrar”, cuenta. “Pensé que había un animal muerto”. Pero para ese momento ya había sentido los temblores. Salieron fumarolas y después la pequeña erupción de gas y ceniza que se elevó 1,000 o 2,000 metros.
“En la tarde, cuando viene la neblina, los gases del volcán se huelen hasta el refugio… pero no me molesta”. En el 90 y 92, Hugo durmió una semana seguida dentro del cráter.
Más peligros
Cerca de la gruta de la virgen del Cinto, al borde del cráter, se encuentran las lápidas de un técnico de la politécnica, Diego Viracucha, y de su primo. El día del accidente, el técnico se encontraba estudiando el cráter pero la ceniza en el piso y la helada le jugaron una mala pasada. Resbaló 150 metros y se rompió el cráneo. Su primo llegó al rescate y se accidentó también. “Yo estaba de turno y me tocó ir a ver qué había pasado; ya no encontré las huellas” dice apenado.
Una historia para reír
El director de la Defensa Civil de ese entonces, Coronel Emilio Suárez, fue con todo su séquito a observar el volcán. El helicóptero los dejó dentro del cráter y cuando quiso sacarlos, la neblina lo impidió. Tuvieron que salir caminando. ¡Las secretarias con tacones y el director con tanque de oxígeno! “Casi no llega el Coronel porque estaba recientemente hecho la operación de corazón abierto”, señala Hugo y él tuvo que subir cargando el tanque y alentando al Coronel.
Existen muchos pueblos no conocidos, o los tan llamados “pueblos fantasmas”, aquí en Ecuador; hasta algunos de ellos todavía no aparecen en el mapa. Las razones de su existir son varias, pero en el caso del recinto La Celica, ubicado a dos horas y media al noroccidente de Quito, un grave evento natural marcaría la vida de los lojanos moradores del cantón Celica en le año 1968.
Tras viajar 20 minutos (12 Km.) desde Pedro Vicente Maldonado por un camino lodoso en chiva (o la llamada Ranchera), bus o carro (jeep), se llega a La Celica. Un recinto pequeño, largo como Quito, con una calle principal y pocas secundarias, de tierra fértil con pequeñas elevaciones llenas de vegetación, y con la constante llovizna presente en los sitios de clima sub-tropical (cálido y húmedo). Su cielo, como en los pueblos de esa área, suele estar nublado y no deja pasar directamente los rayos del sol, y la humedad brinda su olor característico a todas las casas de la zona.
La Celica está lindada por dos ríos, el Silanche (que la cruza al entrar) y el Pitzará (con el que acaba el recinto), y cuenta con tan sólo 700 habitantes. Como lo diríamos: “todos se conocen con todos”, pues los pobladores del recinto conocen su historia, su vida y su gente.
Hoy en día La Celica ya no es exclusiva de lojanos ya que la gente de la costa, especialmente manabas, han llegado al recinto tras la sequía ocurrida en Manabí. La población costeña ha igualado a la lojana, pero la gran diferencia es que los “recién llegados” son gente humilde que trabaja como cuidadores en las haciendas ganaderas de los fundadores; además, los costeños son mal pagados ya que la oferta de su mano de obra es enorme.
Y como el mundo da vueltas, y la historia también, fue el mismo fenómeno natural, la sequía, lo que desesperó a la gente de Celica (en Loja) y sus alrededores hace 38 años, cuando Gonzalo Quesada salió a buscar tierras fértiles lejos de su pueblo natal.
Su historia
Debido a la fuerte sequía que azotaba a Loja, el 30 de Junio de 1968 Gonzalo Quesada, ahora un hombre mayor, flaco, moreno, con la piel bastante envejecida, emprende su viaje al noroccidente de Quito; “¡y quién conocía del noroccidente de Quito en ese entonces!” dice Gonzalo levantando sus manos y alzando las cejas con gesto de sorpresa. Don Gonzalo Quesada ya tenía 30 años y, al ser comerciante de ganado en Celica, estaba muy preocupado por la situación al igual que todo el pueblo; ya no sabían que dar de comer a sus hijos porque las plantaciones estaban muriendo.
Por su iniciativa y ganas de mejorar el desastre, Gonzalo se preguntaba: “¿qué hacemos?”, hasta que un buen día logró contactarse con el ingeniero Lucho Freire. Él le recomendó irse a Quito porque decía que ahí había tierras baldías. “Yo más o menos conocía Loja y Machala” dice Gonzalo “y ¿cómo llego a Quito?”, se emociona al contarlo, moviendo su delgado cuerpo y casi saltando en el sillón. El ingeniero Freire le ayudó a que vaya a Quito donde su hermana, dándole todas las indicaciones: “coge los buses las ‘Santas’ por toda la sierra hasta llegar a la terminal en Quito, después a la dirección Ulloa 2320 y Colón” se acuerda Gonzalo con todos los detalles, como si lo hubiera vivido ayer; y así llegó a la ciudad capital.
Gonzalo se quedó a vivir un tiempo donde la familia Freire, pero estaba desesperado por saber dónde estaban las dichosas tierras vírgenes. La gente que conocía a Lucho Freire le abrió todas sus puertas y le recomendaron que vaya al noroccidente de Quito a la selva. Obviamente debía llevar con él lo necesario para tan largo viaje y largas caminatas (olla, arroz, sal, manteca y pan). Gonzalo Quesada salió de noche de la terminal al noroccidente y llegó a los Bancos a las seis de la mañana; siempre con su “fiel amigo”, como lo dice, el trago. “De tanto en tanto un poquito para entrar en calor, para brindar con la gente, hacerme amigo y que me ayuden a llegar al lugar que quería”, comenta con picardía.
En ese entonces no había transporte hasta Pedro Vicente, por lo que tuvo que caminar desde los Bancos un día entero por la selva. Al llegar encontró puras “chocitas” dice “¡y llovía... como no se imagina!”, hasta que se contactó con una señora que tenía por marido a un sargento. Gracias al sargento consiguió trabajo en una finca; “para mí era una diversión coger el machete y botar todo a mi paso para hacerme camino”, dice entusiasmado y con una risa entrecortada. Después del arduo trabajo de 17 días, Gonzalo se hace amigo de su jefe, Enrique Andrade, por su buen desempeño. Obviamente, no podía faltar “¡la borrachera que nos pegamos con el señor!”, y ríe. Desde ese entonces le ayudó a conseguir las tierras guiado solamente con una brújula, ya que “la montaña era un túnel, no se veía nada”, dice haciendo énfasis “lo único que me acordaba era el río Pitzará”. Gonzalo aún se maravilla al contar los enormes peces que encontró en dicho río. Pero cuando llegó al primer río, Silanche, ya le “hecho el ojo” a ese sector.
Regresó a Pedro Vicente y le dijo a don Enrique Andrade que se volvía a Loja pero para traer a su familia y su gente. Gonzalo dice que don Enrique no le creyó mucho, pero tenía la esperanza de que iba a cumplir su palabra y lo volvería a ver.
Gonzalo sí regresó a Pedro Vicente con su hermano y se encontró con Lucho Freire. Como Lucho trabajaba en el ministerio de agricultura y ganadería, le ayudó a Gonzalo a crear la Cooperativa Celica Agrícola Limitada con la ayuda del IERAC que les adjudicó las tierras. Todo esto todavía en el año 68, y comenzó a traer a varias familias de Celica y sus alrededores; una de ellas, la familia Jumbo, que tienen actualmente una tiendita en La Celica. En el 69 Gonzalo aprendió a cerrar el perímetro de sus tierras y, con la ayuda de un topógrafo, encerró las 5,555 hectáreas de La Celica. Después, cuando ya se formó la directiva y la población, comenzó a crecer y dejó de ser cooperativa y se creó como el Recinto La Nueva Celica de Pichincha
Sunombre
Gonzalo Quesada junto con Lucho Freire dieron el nombre Celica al pueblito ya que son Celicanos de cepa; “Nosotros le grabamos el nombre” dice Gonzalo entusiasmado, “y nosotros, con Lucho, dejamos fundada la escuela Alma Lojana en el 61”, lo menciona orgulloso.
El nombre completo del pueblo es Recinto La Nueva Celica de Pichincha, pero es bastante largo, por lo que para acortarle lo dejaron como La Celica, y la gente se acostumbró. Podría parecer que “La” está de más, pero se la debe diferenciar con Celica en Loja.
Cuenta una anécdota que el Presidente del Comité Pro Mejoras de La Celica (hoy en día Alejandro Bustamante) pidió a la Concejalía de Pichincha ayuda material para la escuela de La Celica. Las autoridades aprobaron todo y tenían destinadas mesas, sillas y otras cosas para dicha institución. Se hizo el envío pero con lo que no contaban era con que lo habían mandado para Celica en Loja y no a La Celica en Pedro Vicente Maldonado. Por eso ahora son muy cuidadosos en diferenciar los dos sitios.
Hoy en día el pequeño recinto se encuentra en planes de ser una parroquia del cantón Pedro Vicente Maldonado. Además, el consejo provincial está asfaltando su carretera por un canje de tierras que los directivos de La Celica les dieron. Muy pronto será mucho más fácil llegar allá y el pueblo crecerá con más rapidez.
Su gente
Los medios de comunicación siempre están presentes en la vida de un pueblo, por lo que La Celica no es una excepción. Elperiódico que más se lee es el Extra; no es algo extraño ya que ese diario tiene la mayor circulación del país y más que nada en las zonas donde la gran parte de la gente es de bajos recursos económicos. También se distribuyen La Hora y El Comercio (debido a su cercanía con Quito). La televisión también mantiene informados a los pobladores de La Celica, principalmente con Gamavisión, Telesistema y Canal Uno, los cuales tienen buena señal en sitios alejados. Las emisoras de radio sintonizan pocas. Principalmente las de Quinindé, Saracay de Santo Domingo y Majestad.
La mayoría de gente se moviliza en las rancheras para llegar a La Celica desde Pedro Vicente Maldonado. Las rancheras son como las chivas, pero los camiones han acoplado a su chasis todo el bloque de asientos, abiertos y sin puertas, para que la gente viaje más cómoda en ese calor. La mayoría salen muy temprano en la mañana para llevar a la gente a sus fincas, y regresan pasado el medio día; los días domingo tienen viajes constantes por lo que la gente se moviliza más. Además, la cooperativa Kennedy, que hace la ruta Quito – Esmeraldas – Santo Domingo, entra a La Celica tres veces al día.
Algunos Celicanos ya viven en Pedro Vicente Maldonado, como es el caso deJosé Quesada, el doctor del pueblo; la primera persona que conocí en mi viaje. Un hombre sencillo y alegre, con su mujer atenta y cariñosa, que me ayudaron a continuar mi recorrido hacia La Celica. Desde que estuve en su casa, muy moderna (de cemento y bloque) comparada con las del resto del pueblo (de madera), sentí su calor y generosidad; además del entusiasmo hacia mi aventura. Me contactaron con la rectora del único colegio en La Celica, la Licenciada Piedad Romero, una señora de estatura mediana, de contextura ancha, de cabello y ojos negros; que a más de dirigir el Colegio Nacional Celica, da clases en él.
Lo niños ingresan primero a la Escuela Alma Lojana, que se encuentra frente al parque, en la cual estudian hasta medio día que regresan caminando a sus casa a hacer sus tareas. Cuando ya han cursado la escuela entran al colegio, donde pueden acabar su tercer año de bachillerato.
El colegio está bien equipado para las distintas materias. Hasta reciben clases de inglés y, gracias al Consejo Provincial y su programa Edufuturo, tiene aulas de computación. Pero la población crece y el colegio se queda pequeño; lo que hace falta es infraestructura. Ahora ya cuentan con 80 estudiantes, pero se esperan más cada año. El único bachillerato que existe es Sociales pero quieren implementar aunque sea uno más.
Como el colegio es fiscal, todos los niños y adolescentes tienen acceso a él, pero lo hijos de la gente más pobre no van debido al descuido de sus padres. Piedad comenta, como anécdota, que una vez vio a unos niños de muy bajos recursos económicos lavando en el río. Se acercó a preguntarles si estudiaban y le dijeron que no. Por supuesto a ella le dio pena, pero uno de los días siguientes se encontró con los mismos niños y su madre, pero ella cargaba un celular. Cuenta sorprendida que se sintió indignada de la falta de interés que esa gente pone en la educación de sus hijos.
Piedad también comenta que entre los jóvenes que hacen sus estudios superiores, está de moda seguir contabilidad. Los jóvenes en La Celica perdieron el interés por la agronomía, pudiendo con esos conocimientos manejar sus tierras. Uno pensaría que viviendo allá muchos querrían estar en el campo y vivir en él, pero la única institución financiera, el Banco del Pichincha, ubicado en Pedro Vicente Maldonado, ha hecho que los jóvenes quieran estudiar en el colegio de Pedro Vicente, donde reciben dicha materia para así entrar a trabajar al banco. Lo que no se dan cuenta es que tener esos puestos de cajeros no es “la maravilla”, ya que los sueldos son bajos.
Otro fenómeno importante dentro de La Celica es la migración. Muchos jóvenes, de distintas edades, han salido de La Celica, como de todo el país, a buscar fortuna en otros lugares como Estados Unidos y Europa (principalmente España). Cuenta Mariana Yépez, dueña de una tiendita y esposa de Juan Calderón (uno de los primeros que llegó a La Celica), que ya hace varios años que no ven a algunos muchachos que salieron para España, “gracias a Dios mis hijos no se han ido”, dice preocupada. Pero sí está fuera un hijo del señor Gonzalo Quesada, el cual ya vive muchos años en España, pero su padre no pierde las esperanzas en que Dios le va a ayudar a que su hijo regrese s vivir en su pueblo.
La gente de La Celica es muy creyente y, además, fiel a la Virgen del Cisne como todos los Lojanos. La mayoría son católicos y van a la iglesia a recibir misa algún día de miércoles a domingo (siendo el día domingo el de mayor concurrencia), en los cuales ésta permanece abierta. Lunes y martes el párroco polaco tiene reuniones fuera de La Celica, por lo que no ofrece la misa.
Como lo hacen en su provincia de origen, todos los 8 de septiembre festejan a la Virgen del Cisne y, obviamente, Navidad y año nuevo en sus respectivas fechas. Lo interesante del año nuevo es que, al ser La Celica un pueblo pequeño, todos se movilizan de casa en casa dándose el abrazo de fin de año; con poca población, nadie pasa desapercibido.
La Celica es un pueblo de gente humilde en el cual no existen problemas sociales con la gente de la costa que llega a vivir allá. El único problema que han tenido con eso es la seguridad del ganado: la gente no roba carros ni casas, sino ganado. Parece que el establecimiento de la jefatura de policía, ubicado cerca del parque junto al mercado, no cubre las áreas de fuera del recinto, o sea, las fincas. Se dice que la gente de fuera, los no-lojanos que generalmente son peones costeños, traen a otras personas a robar cuando ya han conocido “vida y milagros” de sus patrones.
Su vida
La gente vive mayormente de la ganadería, tanto para consumo propio como para vender sus productos y obtener ganancias. Claro que se destina un poco de tierra para el huerto familiar, con lo que puede salir algo de lo que se come a diario. Antes se solía plantar bastante plátano y maíz, pero el maíz no conviene sembrar ya que el terreno no produce tanto. Además, las plantas de ciclo corto son perjudiciales ya que quitan el espacio que podría ser aprovechado como potreros para alimentar al ganado. Los hombres salen temprano a trabajar en las fincas con el ganado y regresan pasado el medio día a sus casas a descansar. Los días en La Celica, como en los pueblitos dedicados al trabajo de campo, comienzan muy temprano, tipo 5:30 am, y por esa misma razón sus labores terminan antes y descansan pronto en el calor de sus hogares.
Ya son tres generaciones que viven en La Celica y su población crece rápido. Generalmente las mujeres son amas de casa ya que se casan aproximadamente a los 18 años, o antes, y tienen un promedio de seis hijos, por lo que necesitan atenderlos.
La Celica no cuenta con un hospital pero sí con el dispensario médico del Seguro Social. Obviamente, para emergencias de enfermedades muy graves es mejor salir a Pedro Vicente Maldonado o a Los Bancos. Hace algunos años la leismoniosis fue una enfermedad grave dentro de La Celica. Los moscos la contagiaban y cuando picaban a la gente creaban una mancha grande como de quemadura en la piel. Ahora ya se la puede combatir, pero en ese entonces algunos niños murieron debido a esta enfermedad.
La Celica cuenta con los servicios básicos de luz y agua, pero prefieren ir a lavar sus ropas al río y hasta a bañarse en él pero, igualmente, el agua llega a las casas entubada desde Andoas (un pueblo cerca de Pedro Vicente Maldonado). La Celica no cuenta con alcantarillado ni con líneas telefónicas, por lo que se usan solamente celulares y existe un pequeño negocio de cabinas telefónicas “Porta” diagonal al parque. Electricidad sí hay, llega cableada desde Pedro Vicente y para cocinar utilizan gas.
Los pobladores lojanos del recinto no han perdido sus platos típicos. Uno de ellos es el repe, una sopa elaborada en base a plátano verde. Ésta suele ser blanca cuando se la prepara con leche y obscura cuando se utiliza arvejas. Otro muy conocido es la cecina, carne de res o de chancho que se la prepara abriéndola y dejándola secar al sol con sal. Cuando ya está seca se la asa y queda lista para comer. Además, la yuca es un famoso acompañante para muchos de sus platos. Como bebida es común la horchata, una mezcla de aproximadamente 22 yerbas naturales que, a más de ser tomada como refresco o té (fría o caliente), es una agua medicinal para limpiar el organismo.
Vestidos ligero, con camisetas, pantalones o pantalonetas, pescadores y sandalias, los jóvenes y adultos en La Celica tienen como su mayor diversión, en los días libres, beber y hacer peleas de gallos “con apuesta y todo”. Muy pocos hacen deportes y los que sí tienen eso como hobby, han formado equipos de volleyball, indoor y fútbol, siendo el volley el deporte más famoso entre ellos. Incluso suelen hacer pequeños partidos todas las tardes.
La juventud prefiere salir a Pedro Vicente a divertirse, pero cuando no pueden hacerlo, se quedan en su recinto jugando villa y pegándose un trago con los “panas”. Como diría Gonzalo Quesada: “cualquier cosa puede faltar pero nunca un trago. Es el fiel compañero de cualquier aventura”, y ríe.
La Celica podría ser considerado un “pueblo fantasma” para muchos, pero con su plan de convertirla en parroquia, saldrá muy pronto a la luz. La Celica es un lugar como muchos pueblos del Ecuador, lo interesante es su gente. Esas personas que vinieron de casi la frontera con el Perú a dos horas y media de Quito. Esa gente que dejó todo por salir adelante y no dejarse ganar por los daños que la sequía estaba ocasionando. A esos Celicanos que les da orgullo decir que son “de cepa” y cuando se encuentran con alguien de allá, siempre se buscan el parentesco y son “primos”. De gente humilde, sencilla, alegre, abierta, generosa y conversona, que te acepta tal cual eres y te brinda todo de sí. De lojanos felices de ser lojanos; con la bandera de su provincia y sus pueblos natales siempre en el corazón.
La Naranja/ una fruta llena de secretos Lo que la naranja esconde Muy pocas veces uno piensa detenidamente en las cosas que ve. Pocas veces se observa lo que está a nuestro alrededor. Menos cuando se trata de una fruta pequeña que lleva consigo una historia, sus cualidades y beneficios.
Era de noche cuando mi madre, Marietta Moreno, se sorprendió al pedirle una descripción de la naranja. “¿De la naranja?” me preguntó con tono de curiosidad, convirtiendo su mirada en un gran signo de interrogación. Ella siempre está atenta a las cosas, pensando en cómo Dios pudo hacer tantas maravillas; pero ese día la tomé desprevenida. Se sentó en mi cama y se imaginó la fruta: “La naranja es una de las frutas más deliciosas. Me gusta más la madura y cuando pienso en ella, se me activan las papilas gustativas, porque su jugo es dulce con un toquecito ácido (no mucho) que la hace exquisita.” “Por dentro es jugosa, con un olor que sigue siendo ácido pero dulzón. Está llena de semillas, redondas, no tan pequeñas”, dije yo, el día anterior, en un ejercicio en clase cuando tuvimos la oportunidad de mirar, coger y saborear la fruta. “De olor fuerte, un poco ácido bastante penetrante. Sabe amarga”. En un principio entendí mal la tarea y llevé a la clase papaya picada. ¿Cómo podía describirla por completo si ya no estaba entera? Recorrí la Universidad y encontré a mi naranja. Se me presentó como si estaba esperando por mí para que su historia fuera contada. Era una fruta muy redonda, bastante liza que cabía en la palma de mi mano. De color amarillo con manchas verdes, ya que le faltaba madurar. Parecía golpeada ya que le encontré una mancha café en su “pancita”; definitivamente, una naranja Ecuatoriana. Eduardo Luzcátegui, profesional en agronomía y zootecnia, cuenta que nuestras naranjas son un poco manchadas y golpeadas. Esto se debe a que para cosecharla, solo se les sacude del árbol esperando a que caigan; no se utilizan las máquinas cosechadoras como en otros países, la cual sube y baja a la persona del árbol para coger el producto. Todo me contó como sino fuera una sorpresa, como algo obvio que se utilice maquinaria en los sembríos. Después, con un poco de malestar en su rostro y refiriéndose a las variedades de naranja, me dijo, “como aquí en el país no somos muy exigentes, se popularizó el uso de la naranja ácida”.
Su historia Los cítricos se originaron hace unos 20 millones de años en el sudeste asiático; desde ese momento han sufrido modificaciones y de las mutaciones han nacido nuevas variedades de naranjas. Se dispersaron gracias a los grandes movimientos migratorios. Hacia el siglo X, los árabes introdujeron limoneros y naranjos amargos (naranja agria) en la región mediterránea, pero se utilizaban como decoración en los jardines por su belleza y el aroma de sus flores. Así me contaba mi madre, como si estuviera soñando despierta, “el olor de la naranja es fuerte y me invita a tomarla. Donde se cultiva la naranja da un perfume extraordinario y eso ya me hace saber cómo es su fruto”. Los comerciantes genoveses incorporaron la naranja dulce en el siglo XV.
La naranja dulce “Las verdaderas naranjas”, según Luzcátegui, “desarrolladas para consumo humano, son otra cosa”. Mientras las saboreaba en su mente me contó que son sin semillas y sin ácido. La dulzura de la naranja depende de la variedad de planta y de la luz solar, ya que ella es la responsable de transformar los ácidos en azúcares. Las zonas con mucho sol dan naranjas más dulces que las zonas nubladas. Por ejemplo: la naranja de Galápagos es muy dulce debido a la duración del día (más largo), pero, lamentablemente, no se explota su producción. En Ecuador no existen sembríos grandes de naranja. La naranja tradicional de la que se habla aquí en el país es la de Balsapamba, una zona baja de Bolívar, camino a Milagro. Éste sitio es aún más bajo que el Valle del Chota y está lleno de naranjas. Una alternativa increíble a futuro aquí en Ecuador podría ser la producción de naranja de calidad, no la que estamos acostumbrados a cosechar. Por estar en la línea Ecuatorial, donde el clima es cálido, los naranjos crecerían de la mejor manera. Luzcátegui me contó, con cara de impresión, que en Israel existen de las mejores naranjas del mundo y, con expresión de gusto, comenta que no tienen semillas y son muy agradables a la vista. Además, para comercializarlas, les exigen un trato especial: después de lavarlas con un cepillo y detergente, les dan un baño de cera, entonces se ven de un color amarillo intenso.
En el arte “La veo y la asocio con lo cálido, colores cálidos, trópico, la playa”, dice mi madre, que es pintora. Francisco Villareal, pintor, me habla sobre sus bodegones. Dice sobre cómo recalcar a la naranja en una pintura por el uso del color amarillo en ella, ya que es un color fuerte que hay que mezclarlo bien para dar la tersura, suavidad y brillo característicos de esta fruta. “La corteza es porosa y tersa; cuando se la muerde es un tanto amarga y ácida”, dice mi mamá.
Sus variedades Las variedades más comunes de naranja son: naranjas amargas, dulces y la mandarina. A más de ser comestible, de la naranja se extraen 3 aceites esenciales: la esencia de naranja, de la cáscara del fruto para hacer aromatizantes, el segundo se llama petigrain, extraído de las hojas y pequeñas ramas del naranjo para utilizar en la perfumería, y por último el neroli, sacado sólo de las flores para hacer aromatizantes y perfumería.
Su cultivo El naranjo crece en muchas condiciones de tierra, pero crece mejor en un tipo de suelo intermedio, ni muy seco ni pantanoso. Se da desde el clima subtropical al tropical y se produce más en zonas húmedas. Además, la planta necesita mucho abono. Generalmente crece hasta una altura de 6 metros, máximo 10 metros y está llena de hojas ovaladas de tamaño mediano. Las flores que crecen en el naranjo se llaman azahar y son blancas y muy perfumadas, que llenan de una deliciosa fragancia a todo el cultivo. La ciencia en los cultivos no se queda atrás. Aquí, en el valle de Tumbaco, existen plantas de naranja injertadas. Estas tienen dos ventajas principales: se acorta el tiempo de inicio de producción del fruto y se achica el tamaño del árbol, lo cual ayuda mucho en la cosecha.
Su producción El principal productor de naranja es Brasil, con el 30% de la cosecha mundial. Otros países productores son: Estados Unidos, México, China, España, India, Egipto, Irán, Italia y Pakistán. Aunque mucha de la naranja aquí en Ecuador sea importada desde Perú, Chile y Miami, en el año 2000, la superficie cosechada de naranja (en fruta fresca) fue de 39,86 miles de hectáreas. Según el último Censo Nacional Agropecuario (2002), los cultivos que, a nivel nacional aportaron con mayor volumen a la producción y, por ende, contribuyeron con un peso importante en la formación del PIB agropecuario fueron: banano, caña de azúcar, arroz, palma africana, maíz duro seco, plátano, papa, naranja, soya, palmito, yuca y mango. En el 2004 la mayor cosecha de naranja de la sierra se dio en Bolívar con 10,329 hectáreas. Entre la costa, oriente y región insular, la mayor cosecha del 2004 se dio en Manabí con 5,612 hectáreas seguida, casi a la par, con Los Ríos y sus 5,600 hectáreas de cosecha.
Su valor nutricional, curativo y preventivo Mi madre lo había pensado largo ya. Yo seguía tomando nota, pero tenía tanto que decirme de la naranja, que mi mano no podría aguantar más. “Sólo una última cosa”, me dijo, “me sorprende sentir su jugo de sabor neutro, ni tan dulce ni tan ácido. Pienso, además, que tomo vitamina C pura; es una fuente de vitaminas”. En el siglo XX se descubrieron las ventajas y virtudes de la vitamina C, pues es un remedio excelente para el escorbuto (enfermedad que sufrían los marineros debido a falta de vitaminas y que se caracterizada por la debilidad general). La naranja, al poseer vitamina C en grandes cantidades, ayudó a todos esos marineros a continuar sus travesías. Además, la naranja es una fuente de riqueza que nos da otras vitaminas necesarias para nuestra salud: vitamina A, E, B1 y B2. La naranja resulta una fruta muy completa, de lo cual nunca nos damos cuenta cuando vemos una en el supermercado. Es rica en potasio, calcio, fibra y fósforo. La naranja tiene propiedades diuréticas y antirraquíticas. Nancy Castro, especialista en alimentos y nutrición, comenta que es recomendable que los niños consuman naranja ya que ayuda al déficit de hierro en el organismo. Con entusiasmo y haciendo énfasis me explicó que el hierro más la vitamina C, hace que éste se absorba mucho mejor. Además, cuenta que la naranja previene enfermedades infecciosas en las vías urinarias, ya que el consumo de vitamina E ayuda a conllevar esto, en especial en los niños, porque cambia su nivel de ph; “para mí, en la parte de salud, es lo mejor que hay”, me dijo. La naranja fortalece las defensas generales de nuestro organismo, mejora la cicatrización de heridas, alivia las encías sangrantes, es excelente para combatir problemas circulatorios y su consumo resulta realmente positivo para los diabéticos tipo 1, ya que previene una hipoglicemia. Deben tomarse al menos dos vasos grandes por día para estimular mejor al sistema nervioso y combatir las convulsiones nerviosas, jaquecas, calambres e insomnio. La naranja es tan completa en sus características curativas que el Instituto Nacional de Cáncer de Estados Unidos atribuye al consumo de zumos de naranja la reducción de cánceres de estómago en los últimos años en este país. La naranja madura es mucho mas nutritiva ya que la mayor parte del ácido ha sido transformado en azúcar de fácil digestión. Además, no engorda ya que contiene solamente 70 calorías y su consumo facilita la metabolización de las grasas y reduce los niveles de colesterol.
Cuando comencé haciendo esta investigación nunca pensé que mi naranja escondería tantos beneficios. Las palabras de mi madre retumban en mi cabeza: “me gusta degustarla gajo por gajo cuando está madura. Tiene un olor fuerte. Su textura es como el de una pelotita que te invita a darle masajes. Me gusta suavizarla para que salga mejor el jugo”, porque esa “pelotita” tersa y suave es la que me cautivó en la bodega de la cocina de la Universidad; la que me llevó a terminar su historia.
El cielo estaba completamente nublado cuando conocí a Rafael Jibaján, un taxista de Cumbayá, alto, de ojos cafés, cabello negro corto, de piel morena y con la cara arrugada, envejecida por la edad.
La lluvia era cada vez más densa y fuerte, hasta que pasó por mi lado. Estaba con un pasajero y, aún así, me dijo que ya lo dejaba en la otra esquina y podría llevarme. Me hizo un gesto para que me sentara en el asiento delantero del carro, insinuándome que me apurara para no mojarme más. Con ese simple hecho descubrí enseguida su generosidad.
Amablemente esperó a su otro pasajero a que fuera a coger el dinero de la carrera, mientras tanto, empezamos a conversar. Un gesto de susto surgió en su mirada y su voz cuando le comenté que quería entrevistarlo.
Mi primera pregunta fue su nombre, y graciosamente me miró diciendo que, “si así va a ser la entrevista, entonces va a ser muy sencilla”.
Con voz pícara me dijo que su nombre me lo daría al final.
Su vida ha transcurrido tranquila, “sin baches”, desde 1991 cuando se hizo miembro de la cooperativa de taxis de Cumbayá. Su situación económica es estable; no tiene preocupaciones. Afortunadamente, su esposa ha trabajado varios años en un taller de modas. Ella es costurera.
Sus dos hijas ya son grandes, diríamos adultas, inclusive una es casada y vive con su marido y su hijo. Su otra hija vive con ellos, en la casa de sus padres, pero es madre soltera que tiene una hija. Esto parece no molestarle.
Rafael tiene ahora 52 años y, amenizando la conversación, le dije que lucía más joven. Se rió con picardía, diciéndome que eso solamente lo decía para mantenerlo en la conversación. Le contesté dulcemente que no, y ese gesto me hizo recordar la amabilidad con que trataba a sus clientes. Es un hombre sencillo y trabajador, que cuenta con lo necesario para vivir sin aprietos.
Antes de ser taxista fue jefe de bodega en dos laboratorios farmacéuticos. “Me vi obligado al oficio”, dice sobre ser taxista, con un gesto de “qué más da” en su cara y alzando los hombros, pero no le disgusta, más bien lo ve como una diversión.
Lucha con los ‘piratas’
Todo esto no quiere decir que lleve una vida fácil. Día a día las cooperativas luchan por sus clientes. Los taxis “piratas” están acabando con la gente honrada como Rafael, que consiguió su trabajo limpiamente. “Estamos ahogados de taxis piratas” y, expresando aún más preocupación y frunciendo el seño, comenta de los más de 150 taxis “piratas” que hay solamente en Cumbayá.
Rafael sale de su casa muy temprano, tipo 7:30 a.m. Le hubiera gustado compartir más tiempo con su familia, pero tiene que pasar en las calles hasta las 8:00, o 10:00 de la noche en muchas ocasiones. Es un horario cargado, con un poco de tiempo para almorzar. De noche no llega a su casa con las suficientes energías como para compartir en familia, pero sí con la satisfacción de que ha sido un día productivo y que a su familia nunca le faltará nada en la mesa.
Él se queda con todo el dinero de las carreras, pero por razones de mantenimiento de la cooperativa, luz, agua y teléfono de las instalaciones más los empleados de planta, se destina un monto mensual que cada taxista debe pagar.
Un hombre sencillo como él se expresa libremente, sin ataduras de lo que tenga que contar, viviendo cada día, con la simple alegría de haber estado conmigo.
Salí del carro preguntándole su nombre y, con una breve sonrisa de humildad en su rostro, me dijo: “Rafael, Rafael Jibaján. Las dos con ‘jota’ y la ‘b’ es ‘grande’”.