Celicanos “de cepa” a dos horas y media de Quito
Existen muchos pueblos no conocidos, o los tan llamados “pueblos fantasmas”, aquí en Ecuador; hasta algunos de ellos todavía no aparecen en el mapa. Las razones de su existir son varias, pero en el caso del recinto La Celica, ubicado a dos horas y media al noroccidente de Quito, un grave evento natural marcaría la vida de los lojanos moradores del cantón Celica en le año 1968.
Tras viajar 20 minutos (12 Km.) desde Pedro Vicente Maldonado por un camino lodoso en chiva (o la llamada Ranchera), bus o carro (jeep), se llega a La Celica. Un recinto pequeño, largo como Quito, con una calle principal y pocas secundarias, de tierra fértil con pequeñas elevaciones llenas de vegetación, y con la constante llovizna presente en los sitios de clima sub-tropical (cálido y húmedo). Su cielo, como en los pueblos de esa área, suele estar nublado y no deja pasar directamente los rayos del sol, y la humedad brinda su olor característico a todas las casas de la zona.
La Celica está lindada por dos ríos, el Silanche (que la cruza al entrar) y el Pitzará (con el que acaba el recinto), y cuenta con tan sólo 700 habitantes. Como lo diríamos: “todos se conocen con todos”, pues los pobladores del recinto conocen su historia, su vida y su gente.
Hoy en día La Celica ya no es exclusiva de lojanos ya que la gente de la costa, especialmente manabas, han llegado al recinto tras la sequía ocurrida en Manabí. La población costeña ha igualado a la lojana, pero la gran diferencia es que los “recién llegados” son gente humilde que trabaja como cuidadores en las haciendas ganaderas de los fundadores; además, los costeños son mal pagados ya que la oferta de su mano de obra es enorme.
Y como el mundo da vueltas, y la historia también, fue el mismo fenómeno natural, la sequía, lo que desesperó a la gente de Celica (en Loja) y sus alrededores hace 38 años, cuando Gonzalo Quesada salió a buscar tierras fértiles lejos de su pueblo natal.
Su historia
Debido a la fuerte sequía que azotaba a Loja, el 30 de Junio de 1968 Gonzalo Quesada, ahora un hombre mayor, flaco, moreno, con la piel bastante envejecida, emprende su viaje al noroccidente de Quito; “¡y quién conocía del noroccidente de Quito en ese entonces!” dice Gonzalo levantando sus manos y alzando las cejas con gesto de sorpresa. Don Gonzalo Quesada ya tenía 30 años y, al ser comerciante de ganado en Celica, estaba muy preocupado por la situación al igual que todo el pueblo; ya no sabían que dar de comer a sus hijos porque las plantaciones estaban muriendo.
Por su iniciativa y ganas de mejorar el desastre, Gonzalo se preguntaba: “¿qué hacemos?”, hasta que un buen día logró contactarse con el ingeniero Lucho Freire. Él le recomendó irse a Quito porque decía que ahí había tierras baldías. “Yo más o menos conocía Loja y Machala” dice Gonzalo “y ¿cómo llego a Quito?”, se emociona al contarlo, moviendo su delgado cuerpo y casi saltando en el sillón. El ingeniero Freire le ayudó a que vaya a Quito donde su hermana, dándole todas las indicaciones: “coge los buses las ‘Santas’ por toda la sierra hasta llegar a la terminal en Quito, después a la dirección Ulloa 2320 y Colón” se acuerda Gonzalo con todos los detalles, como si lo hubiera vivido ayer; y así llegó a la ciudad capital.
Gonzalo se quedó a vivir un tiempo donde la familia Freire, pero estaba desesperado por saber dónde estaban las dichosas tierras vírgenes. La gente que conocía a Lucho Freire le abrió todas sus puertas y le recomendaron que vaya al noroccidente de Quito a la selva. Obviamente debía llevar con él lo necesario para tan largo viaje y largas caminatas (olla, arroz, sal, manteca y pan). Gonzalo Quesada salió de noche de la terminal al noroccidente y llegó a los Bancos a las seis de la mañana; siempre con su “fiel amigo”, como lo dice, el trago. “De tanto en tanto un poquito para entrar en calor, para brindar con la gente, hacerme amigo y que me ayuden a llegar al lugar que quería”, comenta con picardía.
En ese entonces no había transporte hasta Pedro Vicente, por lo que tuvo que caminar desde los Bancos un día entero por la selva. Al llegar encontró puras “chocitas” dice “¡y llovía... como no se imagina!”, hasta que se contactó con una señora que tenía por marido a un sargento. Gracias al sargento consiguió trabajo en una finca; “para mí era una diversión coger el machete y botar todo a mi paso para hacerme camino”, dice entusiasmado y con una risa entrecortada. Después del arduo trabajo de 17 días, Gonzalo se hace amigo de su jefe, Enrique Andrade, por su buen desempeño. Obviamente, no podía faltar “¡la borrachera que nos pegamos con el señor!”, y ríe. Desde ese entonces le ayudó a conseguir las tierras guiado solamente con una brújula, ya que “la montaña era un túnel, no se veía nada”, dice haciendo énfasis “lo único que me acordaba era el río Pitzará”. Gonzalo aún se maravilla al contar los enormes peces que encontró en dicho río. Pero cuando llegó al primer río, Silanche, ya le “hecho el ojo” a ese sector.
Regresó a Pedro Vicente y le dijo a don Enrique Andrade que se volvía a Loja pero para traer a su familia y su gente. Gonzalo dice que don Enrique no le creyó mucho, pero tenía la esperanza de que iba a cumplir su palabra y lo volvería a ver.
Gonzalo sí regresó a Pedro Vicente con su hermano y se encontró con Lucho Freire. Como Lucho trabajaba en el ministerio de agricultura y ganadería, le ayudó a Gonzalo a crear la Cooperativa Celica Agrícola Limitada con la ayuda del IERAC que les adjudicó las tierras. Todo esto todavía en el año 68, y comenzó a traer a varias familias de Celica y sus alrededores; una de ellas, la familia Jumbo, que tienen actualmente una tiendita en La Celica. En el 69 Gonzalo aprendió a cerrar el perímetro de sus tierras y, con la ayuda de un topógrafo, encerró las 5,555 hectáreas de La Celica. Después, cuando ya se formó la directiva y la población, comenzó a crecer y dejó de ser cooperativa y se creó como el Recinto La Nueva Celica de Pichincha
Su nombre
Gonzalo Quesada junto con Lucho Freire dieron el nombre Celica al pueblito ya que son Celicanos de cepa; “Nosotros le grabamos el nombre” dice Gonzalo entusiasmado, “y nosotros, con Lucho, dejamos fundada la escuela Alma Lojana en el 61”, lo menciona orgulloso.
El nombre completo del pueblo es Recinto La Nueva Celica de Pichincha, pero es bastante largo, por lo que para acortarle lo dejaron como La Celica, y la gente se acostumbró. Podría parecer que “La” está de más, pero se la debe diferenciar con Celica en Loja.
Cuenta una anécdota que el Presidente del Comité Pro Mejoras de La Celica (hoy en día Alejandro Bustamante) pidió a la Concejalía de Pichincha ayuda material para la escuela de La Celica. Las autoridades aprobaron todo y tenían destinadas mesas, sillas y otras cosas para dicha institución. Se hizo el envío pero con lo que no contaban era con que lo habían mandado para Celica en Loja y no a La Celica en Pedro Vicente Maldonado. Por eso ahora son muy cuidadosos en diferenciar los dos sitios.
Hoy en día el pequeño recinto se encuentra en planes de ser una parroquia del cantón Pedro Vicente Maldonado. Además, el consejo provincial está asfaltando su carretera por un canje de tierras que los directivos de La Celica les dieron. Muy pronto será mucho más fácil llegar allá y el pueblo crecerá con más rapidez.
Su gente
Los medios de comunicación siempre están presentes en la vida de un pueblo, por lo que La Celica no es una excepción. El periódico que más se lee es el Extra; no es algo extraño ya que ese diario tiene la mayor circulación del país y más que nada en las zonas donde la gran parte de la gente es de bajos recursos económicos. También se distribuyen La Hora y El Comercio (debido a su cercanía con Quito). La televisión también mantiene informados a los pobladores de La Celica, principalmente con Gamavisión, Telesistema y Canal Uno, los cuales tienen buena señal en sitios alejados. Las emisoras de radio sintonizan pocas. Principalmente las de Quinindé, Saracay de Santo Domingo y Majestad.
La mayoría de gente se moviliza en las rancheras para llegar a La Celica desde Pedro Vicente Maldonado. Las rancheras son como las chivas, pero los camiones han acoplado a su chasis todo el bloque de asientos, abiertos y sin puertas, para que la gente viaje más cómoda en ese calor. La mayoría salen muy temprano en la mañana para llevar a la gente a sus fincas, y regresan pasado el medio día; los días domingo tienen viajes constantes por lo que la gente se moviliza más. Además, la cooperativa Kennedy, que hace la ruta Quito – Esmeraldas – Santo Domingo, entra a La Celica tres veces al día.
Algunos Celicanos ya viven en Pedro Vicente Maldonado, como es el caso de José Quesada, el doctor del pueblo; la primera persona que conocí en mi viaje. Un hombre sencillo y alegre, con su mujer atenta y cariñosa, que me ayudaron a continuar mi recorrido hacia La Celica. Desde que estuve en su casa, muy moderna (de cemento y bloque) comparada con las del resto del pueblo (de madera), sentí su calor y generosidad; además del entusiasmo hacia mi aventura. Me contactaron con la rectora del único colegio en La Celica, la Licenciada Piedad Romero, una señora de estatura mediana, de contextura ancha, de cabello y ojos negros; que a más de dirigir el Colegio Nacional Celica, da clases en él.
Lo niños ingresan primero a la Escuela Alma Lojana, que se encuentra frente al parque, en la cual estudian hasta medio día que regresan caminando a sus casa a hacer sus tareas. Cuando ya han cursado la escuela entran al colegio, donde pueden acabar su tercer año de bachillerato.
El colegio está bien equipado para las distintas materias. Hasta reciben clases de inglés y, gracias al Consejo Provincial y su programa Edufuturo, tiene aulas de computación. Pero la población crece y el colegio se queda pequeño; lo que hace falta es infraestructura. Ahora ya cuentan con 80 estudiantes, pero se esperan más cada año. El único bachillerato que existe es Sociales pero quieren implementar aunque sea uno más.
Como el colegio es fiscal, todos los niños y adolescentes tienen acceso a él, pero lo hijos de la gente más pobre no van debido al descuido de sus padres. Piedad comenta, como anécdota, que una vez vio a unos niños de muy bajos recursos económicos lavando en el río. Se acercó a preguntarles si estudiaban y le dijeron que no. Por supuesto a ella le dio pena, pero uno de los días siguientes se encontró con los mismos niños y su madre, pero ella cargaba un celular. Cuenta sorprendida que se sintió indignada de la falta de interés que esa gente pone en la educación de sus hijos.
Piedad también comenta que entre los jóvenes que hacen sus estudios superiores, está de moda seguir contabilidad. Los jóvenes en La Celica perdieron el interés por la agronomía, pudiendo con esos conocimientos manejar sus tierras. Uno pensaría que viviendo allá muchos querrían estar en el campo y vivir en él, pero la única institución financiera, el Banco del Pichincha, ubicado en Pedro Vicente Maldonado, ha hecho que los jóvenes quieran estudiar en el colegio de Pedro Vicente, donde reciben dicha materia para así entrar a trabajar al banco. Lo que no se dan cuenta es que tener esos puestos de cajeros no es “la maravilla”, ya que los sueldos son bajos.
Otro fenómeno importante dentro de La Celica es la migración. Muchos jóvenes, de distintas edades, han salido de
La gente de La Celica es muy creyente y, además, fiel a la Virgen del Cisne como todos los Lojanos. La mayoría son católicos y van a la iglesia a recibir misa algún día de miércoles a domingo (siendo el día domingo el de mayor concurrencia), en los cuales ésta permanece abierta. Lunes y martes el párroco polaco tiene reuniones fuera de La Celica, por lo que no ofrece la misa.
Como lo hacen en su provincia de origen, todos los 8 de septiembre festejan a la Virgen del Cisne y, obviamente, Navidad y año nuevo en sus respectivas fechas. Lo interesante del año nuevo es que, al ser La Celica un pueblo pequeño, todos se movilizan de casa en casa dándose el abrazo de fin de año; con poca población, nadie pasa desapercibido.
La Celica es un pueblo de gente humilde en el cual no existen problemas sociales con la gente de la costa que llega a vivir allá. El único problema que han tenido con eso es la seguridad del ganado: la gente no roba carros ni casas, sino ganado. Parece que el establecimiento de la jefatura de policía, ubicado cerca del parque junto al mercado, no cubre las áreas de fuera del recinto, o sea, las fincas. Se dice que la gente de fuera, los no-lojanos que generalmente son peones costeños, traen a otras personas a robar cuando ya han conocido “vida y milagros” de sus patrones.
Su vida
La gente vive mayormente de la ganadería, tanto para consumo propio como para vender sus productos y obtener ganancias. Claro que se destina un poco de tierra para el huerto familiar, con lo que puede salir algo de lo que se come a diario. Antes se solía plantar bastante plátano y maíz, pero el maíz no conviene sembrar ya que el terreno no produce tanto. Además, las plantas de ciclo corto son perjudiciales ya que quitan el espacio que podría ser aprovechado como potreros para alimentar al ganado. Los hombres salen temprano a trabajar en las fincas con el ganado y regresan pasado el medio día a sus casas a descansar. Los días en La Celica, como en los pueblitos dedicados al trabajo de campo, comienzan muy temprano, tipo 5:30 am, y por esa misma razón sus labores terminan antes y descansan pronto en el calor de sus hogares.
Ya son tres generaciones que viven en La Celica y su población crece rápido. Generalmente las mujeres son amas de casa ya que se casan aproximadamente a los 18 años, o antes, y tienen un promedio de seis hijos, por lo que necesitan atenderlos.
La Celica no cuenta con un hospital pero sí con el dispensario médico del Seguro Social. Obviamente, para emergencias de enfermedades muy graves es mejor salir a Pedro Vicente Maldonado o a Los Bancos. Hace algunos años la leismoniosis fue una enfermedad grave dentro de La Celica. Los moscos la contagiaban y cuando picaban a la gente creaban una mancha grande como de quemadura en la piel. Ahora ya se la puede combatir, pero en ese entonces algunos niños murieron debido a esta enfermedad.
La Celica cuenta con los servicios básicos de luz y agua, pero prefieren ir a lavar sus ropas al río y hasta a bañarse en él pero, igualmente, el agua llega a las casas entubada desde Andoas (un pueblo cerca de Pedro Vicente Maldonado). La Celica no cuenta con alcantarillado ni con líneas telefónicas, por lo que se usan solamente celulares y existe un pequeño negocio de cabinas telefónicas “Porta” diagonal al parque. Electricidad sí hay, llega cableada desde Pedro Vicente y para cocinar utilizan gas.
Los pobladores lojanos del recinto no han perdido sus platos típicos. Uno de ellos es el repe, una sopa elaborada en base a plátano verde. Ésta suele ser blanca cuando se la prepara con leche y obscura cuando se utiliza arvejas. Otro muy conocido es la cecina, carne de res o de chancho que se la prepara abriéndola y dejándola secar al sol con sal. Cuando ya está seca se la asa y queda lista para comer. Además, la yuca es un famoso acompañante para muchos de sus platos. Como bebida es común la horchata, una mezcla de aproximadamente 22 yerbas naturales que, a más de ser tomada como refresco o té (fría o caliente), es una agua medicinal para limpiar el organismo.
Vestidos ligero, con camisetas, pantalones o pantalonetas, pescadores y sandalias, los jóvenes y adultos en La Celica tienen como su mayor diversión, en los días libres, beber y hacer peleas de gallos “con apuesta y todo”. Muy pocos hacen deportes y los que sí tienen eso como hobby, han formado equipos de volleyball, indoor y fútbol, siendo el volley el deporte más famoso entre ellos. Incluso suelen hacer pequeños partidos todas las tardes.
La juventud prefiere salir a Pedro Vicente a divertirse, pero cuando no pueden hacerlo, se quedan en su recinto jugando villa y pegándose un trago con los “panas”. Como diría Gonzalo Quesada: “cualquier cosa puede faltar pero nunca un trago. Es el fiel compañero de cualquier aventura”, y ríe.

1 Comments:
Interesante reseña. SAludos cordiales desde el pupo del mundo.
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