El Guardia del Pichincha
Cuidando día a día a la población quiteña, Hugo Yuccha vigila al volcán Pichincha. Vive, literalmente, rodeado de peligro.
A
Hugo Yuccha lleva 24 años trabajando con el volcán. “Conozco el cráter como la palma de mi mano” confia con una sonrisa. A las 7:30 a.m. ya se encuentra a
“Sí ayudo al instituto geofísico”, comenta. “Uno les colabora llevando el material que necesitan”. Los sismógrafos pueden fallar y necesita limpiar el hielo de los paneles solares para que carguen. “Es bastante sacrificado aquí” reconoce.Ubicada en la zona de Toaza Grande, una estación sísmica en particular es de difícil acceso. Toca salir a las 6:00 a.m. y estar de vuelta a las 5:00 p.m. También hay otra que la llaman estación Pino “está frente al Cotacachi y toca bordear todo” apunta, “son 2 horas bien caminado”.
El Instituto Geofísico recibe la información vía microonda por lo que los técnicos visitan el lugar cada 2 o 3 meses. Hugo tiene un radio para comunicarse directamente con
El guía turístico
Hugo es muy versátil y gentil. Le encanta atender bien a la gente. Los turistas pueden quedarse a dormir en el refugio. Hugo ayuda en lo que puede ¡hasta cocina! No cobra por la noche, pero pide una pequeña colaboración.
Todos los días, llegan uno o dos carros de turistas extranjeros y Hugo les guía. “Vayan para arriba, siempre con los 5 sentidos” aclara, al dirigirles hacía senderos que conoce a la perfección. 5 horas para bajar y subir del cráter, 3 horas y media para subir al Ruco Pichincha y 6 horas y media desde el teleférico hasta el refugio. Se debe caminar suave por la altura.
El amor a su familia
Hugo trabaja para
Vigila el volcán desde los 24 años. Antes los turnos eran de 8 días. Cuando estaba en el refugio iba con su mujer. Pero la llegada de su primer hijo cambió las cosas y no la dejaba subir, por lo que pasaba él “con los visitantes”.
Ahora tiene cuatro hijos, dos mayores de edad y dos estudiando. Puede ver a su familia cada domingo en Lloa por breves horas. Trata de no descuidar a nadie, ni al volcán, ni a sus hijos.
Durante su descanso, Hugo pasa en Lloa de agricultor. Siembra papas, habas, maíz. Ayuda a sus vecinos y a su padre porque “como ya es mayor no avanza”.
Al borde de la muerte
En el año 92, bajaron dos técnicos de
Nervios de acero
“No me asusta el volcán” expresa. Ha vivido tantos años junto a él que ya es normal oírlo y sentirlo. Desde el refugio no se oye nada antes de una explosión, pero al borde del cráter sí. “Las fumarolas suenan como olla de presión”. Agrega que sismos preceden a
las explosiones, pero que cesan cuando sale el vapor.
Una vez tomó fotografías de la formación de un pequeño “hongo” de ceniza. “Subí con mis dos perros y empezaron a ladrar”, cuenta. “Pensé que había un animal muerto”. Pero para ese momento ya había sentido los temblores. Salieron fumarolas y después la pequeña erupción de gas y ceniza que se elevó 1,000 o
“En la tarde, cuando viene la neblina, los gases del volcán se huelen hasta el refugio… pero no me molesta”. En el 90 y 92, Hugo durmió una semana seguida dentro del cráter.
Más peligros
Cerca de la gruta de la virgen del Cinto, al borde del cráter, se encuentran las lápidas de un técnico de la politécnica, Diego Viracucha, y de su primo. El día del accidente, el técnico se encontraba estudiando el cráter pero la ceniza en el piso y la helada le jugaron una mala pasada. Resbaló
Una historia para reír
El director de
