martes, noviembre 25, 2008

El Guardia del Pichincha

Cuidando día a día a la población quiteña, Hugo Yuccha vigila al volcán Pichincha. Vive, literalmente, rodeado de peligro.



A 4,555 metros de altura vive un hombre de 48 años de edad, no muy alto, moreno y humilde. Se hospeda en el refugio de un volcán activo: el Pichincha. Día a día, su deber es monitorear el comportamiento de éste coloso famoso por sus erupciones repentinas.

Hugo Yuccha lleva 24 años trabajando con el volcán. “Conozco el cráter como la palma de mi mano” confia con una sonrisa. A las 7:30 a.m. ya se encuentra a 4,782 metros, en la cumbre, observando el estado del volcán. Debe mirar las fumarolas, su altura, si han incrementado, el olor a azufre… Anota todo en un libro de registro diario, siempre de mañana ya que en la tarde la neblina no deja ver nada.

“Sí ayudo al instituto geofísico”, comenta. “Uno les colabora llevando el material que necesitan”. Los sismógrafos pueden fallar y necesita limpiar el hielo de los paneles solares para que carguen. “Es bastante sacrificado aquí” reconoce.Ubicada en la zona de Toaza Grande, una estación sísmica en particular es de difícil acceso. Toca salir a las 6:00 a.m. y estar de vuelta a las 5:00 p.m. También hay otra que la llaman estación Pino “está frente al Cotacachi y toca bordear todo” apunta, “son 2 horas bien caminado”.

El Instituto Geofísico recibe la información vía microonda por lo que los técnicos visitan el lugar cada 2 o 3 meses. Hugo tiene un radio para comunicarse directamente con la Defensa Civil y con el Instituto Geofísico. Si detecta algo extraño, los técnicos de la politécnica avisan para que Hugo suba a dar un informe detallado de lo que ve.


El guía turístico


Hugo es muy versátil y gentil. Le encanta atender bien a la gente. Los turistas pueden quedarse a dormir en el refugio. Hugo ayuda en lo que puede ¡hasta cocina! No cobra por la noche, pero pide una pequeña colaboración.

Todos los días, llegan uno o dos carros de turistas extranjeros y Hugo les guía. “Vayan para arriba, siempre con los 5 sentidos” aclara, al dirigirles hacía senderos que conoce a la perfección. 5 horas para bajar y subir del cráter, 3 horas y media para subir al Ruco Pichincha y 6 horas y media desde el teleférico hasta el refugio. Se debe caminar suave por la altura.


El amor a su familia


Hugo trabaja para la Defensa Civil. Hace jornadas de 15 días en el refugio y 15 de descanso. Cuando no está, lo releva su compañero Rodrigo.

Vigila el volcán desde los 24 años. Antes los turnos eran de 8 días. Cuando estaba en el refugio iba con su mujer. Pero la llegada de su primer hijo cambió las cosas y no la dejaba subir, por lo que pasaba él “con los visitantes”.

Ahora tiene cuatro hijos, dos mayores de edad y dos estudiando. Puede ver a su familia cada domingo en Lloa por breves horas. Trata de no descuidar a nadie, ni al volcán, ni a sus hijos.

Durante su descanso, Hugo pasa en Lloa de agricultor. Siembra papas, habas, maíz. Ayuda a sus vecinos y a su padre porque “como ya es mayor no avanza”.


Al borde de la muerte


En el año 92, bajaron dos técnicos de la Politécnica para estudiar el cráter. Pidieron a Hugo que les acompañe pero no quiso ya que días antes se había llevado un susto ahí. “Yo no bajo pero déjenme la radio para estar en contacto “, les dijo y cada media hora se comunicaban. Hugo decidió subir al cráter con un café cuando oyó un sonido. “Ya hubo una explosión”, pero no la veía. Al mediodía bajó la neblina y salío el vapor mezclado con ceniza. “Les llamé por la radio y ya no me contestaron nunca más”. La erupción les sorprendió dentro del cráter, los asfixió y rocas gigantes que cayeron les rompieron los huesos.


Nervios de acero


“No me asusta el volcán” expresa. Ha vivido tantos años junto a él que ya es normal oírlo y sentirlo. Desde el refugio no se oye nada antes de una explosión, pero al borde del cráter sí. “Las fumarolas suenan como olla de presión”. Agrega que sismos preceden a

las explosiones, pero que cesan cuando sale el vapor.

Una vez tomó fotografías de la formación de un pequeño “hongo” de ceniza. “Subí con mis dos perros y empezaron a ladrar”, cuenta. “Pensé que había un animal muerto”. Pero para ese momento ya había sentido los temblores. Salieron fumarolas y después la pequeña erupción de gas y ceniza que se elevó 1,000 o 2,000 metros.

“En la tarde, cuando viene la neblina, los gases del volcán se huelen hasta el refugio… pero no me molesta”. En el 90 y 92, Hugo durmió una semana seguida dentro del cráter.


Más peligros


Cerca de la gruta de la virgen del Cinto, al borde del cráter, se encuentran las lápidas de un técnico de la politécnica, Diego Viracucha, y de su primo. El día del accidente, el técnico se encontraba estudiando el cráter pero la ceniza en el piso y la helada le jugaron una mala pasada. Resbaló 150 metros y se rompió el cráneo. Su primo llegó al rescate y se accidentó también. “Yo estaba de turno y me tocó ir a ver qué había pasado; ya no encontré las huellas” dice apenado.


Una historia para reír


El director de la Defensa Civil de ese entonces, Coronel Emilio Suárez, fue con todo su séquito a observar el volcán. El helicóptero los dejó dentro del cráter y cuando quiso sacarlos, la neblina lo impidió. Tuvieron que salir caminando. ¡Las secretarias con tacones y el director con tanque de oxígeno! “Casi no llega el Coronel porque estaba recientemente hecho la operación de corazón abierto”, señala Hugo y él tuvo que subir cargando el tanque y alentando al Coronel.