La felicidad de cada día
El cielo estaba completamente nublado cuando conocí a Rafael Jibaján, un taxista de Cumbayá, alto, de ojos cafés, cabello negro corto, de piel morena y con la cara arrugada, envejecida por la edad.
La lluvia era cada vez más densa y fuerte, hasta que pasó por mi lado. Estaba con un pasajero y, aún así, me dijo que ya lo dejaba en la otra esquina y podría llevarme. Me hizo un gesto para que me sentara en el asiento delantero del carro, insinuándome que me apurara para no mojarme más. Con ese simple hecho descubrí enseguida su generosidad.
Amablemente esperó a su otro pasajero a que fuera a coger el dinero de la carrera, mientras tanto, empezamos a conversar. Un gesto de susto surgió en su mirada y su voz cuando le comenté que quería entrevistarlo.
Mi primera pregunta fue su nombre, y graciosamente me miró diciendo que, “si así va a ser la entrevista, entonces va a ser muy sencilla”.
Con voz pícara me dijo que su nombre me lo daría al final.
Su vida ha transcurrido tranquila, “sin baches”, desde 1991 cuando se hizo miembro de la cooperativa de taxis de Cumbayá. Su situación económica es estable; no tiene preocupaciones. Afortunadamente, su esposa ha trabajado varios años en un taller de modas. Ella es costurera.
Sus dos hijas ya son grandes, diríamos adultas, inclusive una es casada y vive con su marido y su hijo. Su otra hija vive con ellos, en la casa de sus padres, pero es madre soltera que tiene una hija. Esto parece no molestarle.
Rafael tiene ahora 52 años y, amenizando la conversación, le dije que lucía más joven. Se rió con picardía, diciéndome que eso solamente lo decía para mantenerlo en la conversación. Le contesté dulcemente que no, y ese gesto me hizo recordar la amabilidad con que trataba a sus clientes. Es un hombre sencillo y trabajador, que cuenta con lo necesario para vivir sin aprietos.
Antes de ser taxista fue jefe de bodega en dos laboratorios farmacéuticos. “Me vi obligado al oficio”, dice sobre ser taxista, con un gesto de “qué más da” en su cara y alzando los hombros, pero no le disgusta, más bien lo ve como una diversión.
Lucha con los ‘piratas’
Todo esto no quiere decir que lleve una vida fácil. Día a día las cooperativas luchan por sus clientes. Los taxis “piratas” están acabando con la gente honrada como Rafael, que consiguió su trabajo limpiamente. “Estamos ahogados de taxis piratas” y, expresando aún más preocupación y frunciendo el seño, comenta de los más de 150 taxis “piratas” que hay solamente en Cumbayá.
Rafael sale de su casa muy temprano, tipo 7:30 a.m. Le hubiera gustado compartir más tiempo con su familia, pero tiene que pasar en las calles hasta las 8:00, o 10:00 de la noche en muchas ocasiones. Es un horario cargado, con un poco de tiempo para almorzar. De noche no llega a su casa con las suficientes energías como para compartir en familia, pero sí con la satisfacción de que ha sido un día productivo y que a su familia nunca le faltará nada en la mesa.
Él se queda con todo el dinero de las carreras, pero por razones de mantenimiento de la cooperativa, luz, agua y teléfono de las instalaciones más los empleados de planta, se destina un monto mensual que cada taxista debe pagar.
Un hombre sencillo como él se expresa libremente, sin ataduras de lo que tenga que contar, viviendo cada día, con la simple alegría de haber estado conmigo.
Salí del carro preguntándole su nombre y, con una breve sonrisa de humildad en su rostro, me dijo: “Rafael, Rafael Jibaján. Las dos con ‘jota’ y la ‘b’ es ‘grande’”.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home